lunes, 31 de mayo de 2010

Julián Gómez, el gran arbitro.

Hay pocos oficios como el arbitraje, y pocos árbitros como Julián Gómez. Un tipo solitario que había encontrado en la conducción legal de fútbol; su pasión.

No era como otros árbitros que habían frustrado su fantasía de futbolistas y se conformaban con estar cerca de los jugadores. Como el viejo Armando Lillia, un tipo que era tan fanático del juego, que sólo dirigía para estar en el campo de juego. Tanto era así que, cuando se brotaba, pedía eufóricamente que le pasen el balón y pobre de aquel no obedecía. Era sometido a las peores sanciones. Tarjeta roja y meses sin pisar el campo de juego, o salía a divulgar de forma amarillista comentarios de los jugadores y de sus esposas.

Pero Julián Gómez no, este era fanático del arbitraje, y sólo miraba fútbol para ver dirigir. Conocía a todos los árbitros del mundo y de la historia del fútbol, era una enciclopedia, un obsesivo.

Julián dirigió su último partido el mismo día que la muerte vino a buscar. Nada había impedido que el viejo de 93 años, siga dirigiendo.
Cuando tuvo edad de retirarse mandó una carta suplicando que si no dirigía, moría, y gracias a eso y al afecto de los jugadores siguió conduciendo. Incluso cuando ya no podía ni ver, los jugadores no cometían falta alguna para no ridiculizar al hombre de negro.

El tipo ponía el cuerpo, siempre. La primera pierna la puso en la guerra mundial y allí la dejó. La segunda no recuerda bien, lo que confirma que fue después que su alzheimer avanzara al punto que, cuando pitaba una falta, había olvidado que había sancionado y para que equipo era. Eso tampoco lo abatató. Empezó a dirigir en silla de ruedas.
Más allá de su pasión y su afán por el arbitraje, Gómez era un arbitro de medio pelo, algunos dicen que era ciego, otros miope, la mayoría afirma que era localista..

A los 80, tuvo que dejar el silbato, no podía pitar más, sus pulmones no lo acompañaban, a veces se quedaban en la casa o salían sin su permiso.
Cuando parecía llegar el ocaso del viejo Julián, apreció al Sábado siguiente mostrando su nueva gambeta al destino, le puso una bocina a la silla de ruedas, que había robado a su nieto de tres años y suplantó el silbato por la bocina. Al principio generó algún altercado entre los jugadores que no se acostumbraban al nuevo sonido, pero el tiempo lo solucionó.

El último partido que dirigió el viejo Gómez fue entre: Atlético Villa Dolmen Vs. Deportivo Panqueques juniors. El viejo había decido dejar el arbitraje. Ya era de demasiado; silla de rueda, bocina para pitar, un largavista porque ya dirigía desde el circulo central y no veía nada. Para completarla un traductor, al parecer el viejo Gómez era chino y no hablaba español.

Fue la primera vez que en el barrio se coreó por el arbitro… “Gómez olé olé olé Gómez”… No se sabe bien si murió porque dejó el fútbol o de la emoción de ese aliento siempre distante e hiriente. Lo cierto es que el viejo Gómez murió aquel día entre llanto y felicidad.

jueves, 6 de mayo de 2010

El viento

Yo no sé si es verdad, pero yo le creo y con eso basta. Basta y sobra. Me lo dijo el abuelo, que me importa la que diga la ciencia o los eruditos del conocimiento, no me importa, yo le creo a mi abuelo y con eso basta o no? Sí, basta y sobra.

Lo que pasa que nadie le cree al abuelo, todos dicen que está loco y que no puede asimilar la realidad, entonces, inventa historias cada vez que le preguntan, siempre tiene alguna explicación rara, que nadie comparte y yo no sé si serán verdades, que me importa, son tan hermosas que yo le creo aunque no le crea.

El tema esta vez, fue el viento. Cómo nació el viento, fue una pregunta que largó mi hermana, para evitar que se hable del colegio, porque había repetido por segunda vez y la conversación iba directo a esa dirección.

Por qué existe el viento, preguntó, y yo sabía que a ella no le importaba, y la verdad que hasta que escuché al nono, a mi tampoco, al nono no sé, al nono no lo sé.
Pero cómo si estuviera esperando desde siempre responder esa pregunta, se arremangó las manos, prendió un pucho negro, de esos que ahora los quiosqueros casi no venden, y lo prendió con una pitada larga que quemó la mitad del cigarrillo.
Dejó entrever una pequeña sonrisa mientras miraba a cada uno de la mesa para prohibirles la palabra, iba a decir algo el nono!!
De a poco como un efecto domino, todos iban cediendo al silencio, aunque a nadie le importara lo que vaya a decir.

Se arremangó las manos, nuevamente, tomó un trago de whisky y habló. Dijo lo que dijo.
Algunos rieron, otros se quedaron paralíticos por lo que decía, mi hermana no sé que cara puso, no alcance a verla, yo me quedé sorprendido y encantado.

Saben lo que dicen del viento, dijo, éstos que creen saber y quieren explicar el mundo, éstos dicen, que el viento es un movimiento del aire, que se produce naturalmente., dicen: fenómeno meteorológico, y el viejo largo una carcajada irónica, nadie más rió, algunos compartieron esa teoría, el abuelo siguió; siempre que no saben que decir se apoyan en: “fenómenos naturales y religiosos” y querida nieta te voy a decir como nació el viento, porque aunque no lo viví, el abuelo de tu abuelo lo contó y yo le creí, y por eso te lo cuento a ti, espero que me creas y le cuentes a tu nieto que tu abuelo, por medio de su abuelo, sabe como nació del viento.
Tomó aire, pitó fuerte de nuevo y siguió.

No se sabe el nombre o mi abuelo no me lo quiso decir, no tiene mucha importancia saberlo , sino lo que ese nombre hizo, y fue sufrir, el viento nació el día que la primer hombre sufrió de amor, y en un eterno suspiro que duró lo que dura una vida, expulsó el primer aire que empezó a dar vuelta por el mundo, con el tiempo nuevos suspiros se fueron juntando formando distintos viento, el viento es la prueba que existió el amor y que existe.

El viejo terminó el cigarrillo, se levantó despacio y se fue. Se fue suspirando.
Yo no se si es verdad, pero yo le creo y con eso basta. Basta y sobra.

miércoles, 21 de abril de 2010

El coleccionista de sonrisas

El coleccionista de sonrisas, así lo llaman ahora, así lo conoció casi todos los que lo conocieron y los que casi lo conocen. Pero antes tuvo un nombre, uno de verdad. Hubo un hombre, otro hombre.

Todavía dudo si es trascendente empezar esta historia con aquel tipo, si sería mejor empezarla con éste, con el coleccionista que es en definitiva, la razón por la que escribo.
Y aunque sigo con algunas duda sobre el comienzo, empezaré por aquel tipo que poca importancia tiene que en este momento, aunque de momento desconozco cómo será…

Se llamaba Matías. Matías Sturt. Hijos de padres…. De padre y madre. La madre seguro se llamaba Natalia Aramendia, del padre tengo algunas vacilaciones, pero según Natalia era: Alberto Sturt. Yo sigo dudando si no fue hijo de una aventura que ella tuvo, un verano. Poco importa.

La vida de Matías tuvo un comenzó muy trágico, rápidamente perdió a sus padres. Fue en la playa. Mientras los padres se debatían en un lenguaje cada vez mas vulgar, él decidió tomar un paseo por las cálidas arenas. Encontró allí un enorme castillo, estaba abandonado, era tan grande que podía perderse allí. Tenía túneles, puertas por todos lados, ventanas, era un paraíso.

Matías quedo incrédulo ante esa obra y sin pensar se introdujo en aquel castillo. El tiempo se detuvo para él, y permaneció allí todo el tiempo que pudo, que a decir verdad no podría traducirlo en tiempos reales, pero cuando salió, ya era todo un hombre y lo hizo porque, un fuerte viento sureño, arrasó con todo esa obra arquitectónica.

Esto fue un golpe muy duro para él, había pasado años allí. Busco a sus padres que nunca pudo encontrar. Entre tantas pérdidas también se extravió su sonrisa. Su alma se disfrazó de penas y la sonrisa y su gracias fueron desterradas, cómo Adán y cómo Eva. No había lugar para ella.
Tan fuerte fue que ni siquiera podía estirar los labios para simular una gracia, sus músculos habían cedido. Su semblante era un vacío.
Así comenzó la historia, así dicen que comenzó, y con esto una nueva identidad, Matías dejo de ser Matías para ser el coleccionista de sonrisas.

Al principio las pintaba, pasaba sus días retratando muecas alegres de la gente.
Siempre se lo veía en las comedías teatrales, siempre mirando al publico, pintando. Luego se las llevaba a su casa y las colgaba de las paredes, y las disfrutaba en su soledad.

Alguna tarde primaveral de antaño, ese muchachito que supo llamarse Matías se encontró con una sonrisa más linda que la luna, más dulce que un beso con miel.
Fue de casualidad. El sol ya se iba alejando lento, y él ya había guardado los colores. Salía de un viejo bar con lagunas copas de más, cunado se la encontró de frente. Esplendida. Brillante. Era de esas sonrisas que verlas estremece. Sintió corriente en la espalda. De esos gestos que te pueden hacer enloquecer. Literalmente.
Rápidamente la boceteó. Ella lo miró desconfiada. A él no le importó. Cuando había terminado se acercó y le dijo; alguna vez viste algo así. Mientras le mostraba su propia sonrisa. Ella quedó como sacudida y dejo caer una nueva sonrisa, esas que desvisten hasta las muelas. Salvaje. Por qué me dibujaste, dijo ella. Para volverte a ver, respondió él. Ella lo amo, en el acto, con locura y miedo.
Quedó enloquecida cuando el le mostró sus pinturas. Se alcanzaron a ver a los ojos entre los rayos de luz que aun sobrevivían a la oscuridad. Ella sonrió, él lo intentó.
Ella se fue de madrugada cuando él simulaba dormir. La dejo ir, no podía estar con ella sin poder reír. Cómo hacer para amar sin saber reír.
No se volvieron a ver, el dejó las pinturas por las fotos y siguió coleccionando sonrisas de las más varadas y divertidas.
Disfrutaba en las plazas de las expresiones de los niños. risas inocentes, inmaculadas, sin ese hilo de contaminación que la vida les convidaría años después. También disfrutaba de las sonrisas de los viejos, esos que sabían que el fin del camino no estaba tan lejos y sin embargo sabían reír desencajadamente. Saber que la muerte estaba cerca y reír jubilosamente era algo que le fascinaba.

Algunos dicen que aquella mujer le devolvió al sonrisa y vivieron en un amor feroz , que tuvieron algunos hijos y que sólo la muerte los pudo separar, yo nunca pude aseverar esa historia, pero tampoco la puedo refutar.

jueves, 1 de abril de 2010

Teorías sobre San Valentín

Las historias sobre San Valentín son tantas como disímiles entre si. Los historiados especializados sospechan que, de no haber varios San Valentines, éste habría vivido alrededor de 300 años.
Los más mitológicos sostienen que aún sigue vivo en algún lugar del planeta tierra, más precisamente en la tierra. Los realistas lo imaginan bajo tierra.

Los que fomentan la idea de la inmortalidad de san Valentín, reparan sus especulaciones en la premisa de que: es el responsable de la vida y de la muerte, es un guerrero para soportar la vida y a través del amor esperar a la muerte.
Todos sabemos que esto es casi imposible.

Otros sostienen que se lo ha visto en diferentes lugares al mismo tiempo, consumiendo el amor de la manera más genuina posible, fuerte contra la pared.

Facundo Ramell, uno de los buscadores de anécdotas de San Valentín, alega fehacientemente que dicho sujeto no se llamaba tal y que su varadero nombre, es Santiago Val. En su biografía no autorizada, asevera que Santiago Val o San Valentín, era un mujeriego intrépido y se lo veía paseando durante todas las noches conquistando las más plebeyas, hermosas y vírgenes de las mujeres. Incluso dice que fue él, quien inventó la famosa pastilla azul, cuando ya entrado en edad no podía consumar prácticamente el amor.
Esta teoría comenzó a perder credibilidad cuando se supo que Ramell nunca fue un historiador y que tampoco sabia escribir, era un analfabeto, los más puntillosos dicen que Facundo Ramell nunca existió y no es más que un invento de quien escribe. Yo no podría afirmar semejante proposición, al menos, no si no delante de mi abogado.

Saúl Bennet, otro inspector de la vida y obra del famoso San Valentín, consta que era un pésimo amante y a la edad de 25 años, aún no conocía el amor, después de haberlo buscado en cada cajón de su cómoda durante varios años.
Saúl atestigua que, Valentín conoció a Cupido en una fiesta secreta en el “bar de la desilusión” y con algunas copas de más ambos hicieron un pacto, el cual contaba con un permiso de Cupido para con Valentín, para poder conquistar todas las mueres que quisiera, él las fecharía y el consumaría de una vez por todas el amor tan deseado y que durante toda su vida había sido fruto de crueles encuentros.
Sin embargo luego de varios intento Valentín y Cupido tuvieron una rígida discusión que terminó con su pacto.
A continuación un fragmento de poca validez histórica sobre dicho acontecimiento.

- Che cupido. Dijo Valentín.
- Sí querido qué pasa.
- Es necesario la flecha. El flechazo digo… es necesario?
- Por qué lo decís.
- Porque las últimas cuatro que flechaste, murieron, y las que quedan vivas me culpan a mi de atacarlas. Tengo seis causas abiertas: cuatro por homicidio y dos por intento de homicidio. Y de amor ni hablemos. No me quieren ver. Ahora los que me quieren ver son sus maridos y precisamente no vivo.
- Mirá Valentín, yo no puedo a esta altura de mi vida cambiar la historia, soy cupido el del arco y la flecha.
- Bueno entonces que el flechazo no sea en el corazón. Es obvio que van a morir.
- De amor mi querido, si mueren lo hacen de amor.
- Yo no quiero que mueran de amor, yo quiero hacerles el amor.
- Bueno querido, entonces estás hablando con la persona equivocada. Sentenció cupido mientras sus alas comenzaban a llevarlo lejos del suelo.


Otros más cerca de la religión y la teología más ortodoxa, afirman que San Valentín no era santo. Éstos aseguran que lo vieron en reiteradas oportunidades en la tribuna de Huracán, gritando salvajemente goles contra el club “santo” (San Lorenzo”) y así echaron por tierra la teoría de la santidad.
Incluso aseveraron que, no sólo no era un santo, sino un mal tipo, cuando las mujeres los dejaban, que era casi todas las veces, éste las arremetía a balazos o les daba con las boleadoras del abuelo Ricardo.
Los más estudiosos de la literatura oficial sostienen que San Valentín era un plagiador, y para conquistar a sus mujeres acudía a imposibles prosas poco conocidas, pero brillantes. Otorgándose la autoría.

No faltan en éstas teoría, la de los científicos más melancólicos que sostienen a rajatabla que nuestro Valentín, vivió un amor eterno. Esos que nunca se consumen y pasó sus días entre en la más dulce de las penas de amor, sufriendo y gozando por una pasión que nunca fue y que a la vez fue eterno.
Los estudiosos de las estructuras psíquicas que se acoplan a ésta teoría lo sentenciaron sin demasiados rodeos: La histeria masculina nació con san Valentín. Estos melancólicos comenzaron a pintar las paredes con san Valentín como el símbolo del amor. Aseguran que el amor es un quimera.

Los mas románticos sostienen que san Valentín nace de la mitología escandinava, y postulan que nuestro héroe del amor, cansado de las relaciones terrenales y escapando de la urbe, se fue al mar, decidido a conquistar una hermosa sirena de piel morena y ojos de Dios. Algunos dicen que la conquistó y que vivieron felices, otros sostienen que se ahogó cuando ella los invitó a conocer a sus padres en las profundidades del mar.

sábado, 20 de marzo de 2010

Hay vientos

Hay vientos. Siempre hay vientos: los que aturden, los que calman, los que llevan cosas y los que traen, los que cantan en si bemol y los que desafinan sin vergüenza. Los que peinan y los que despeinan el tiempo.

Hay vientos ladrones, buscadores de oro. Cada otoño deambulan sin culpa, arrastrando los oros que los árboles no pueden retener.
Se llevan esas hojas doradas, que a veces juegan a ser alfombra de los transeúntes.
El viento se los roba y los junta. Hay quienes dicen, que los guardan para volver a desparramarlos, cuando los árboles de los otoños ya no estén para pintar el suelo. Hay otro que aseguran que se lo despilfarran entre mujeres y whisky.

Hay vientos más pícaros, perversos, que salen en verano a levantar cortos vestidos de hermosas mujeres y deleitarse con sus retorcidas intenciones. Estos son los vientos que corren las cortinas cuando la vecina se esta cambiando. Son vientos jóvenes llenos de vida y con la sexualidad en la mira.

Hay vientos mas crueles, que te abofetean las dos mejillas y de despeinan, a veces se complotan con arena para descargar su furia. Son vientos malvados, frustrado, casi siempre por un amor perdido o uno que nunca pudo ser.

También hay vientos soplones que dicen que los vientos huyen, vaya a saber de qué, quizá quieran escapar del mundo.
Lo que no saben entre otras cosas es que no sólo no podrán huir, tampoco saben que los vientos son inmortales, nadie aún, se ha animado a confesarlo.

Hay vientos dulces, con olor a miel, que te pegotean todo, como esos cachorros que te lamen hasta las botas. Esos que te van susurrando románticas historias al oído.

Están los vientos nostálgicos, que te inundan de recuerdos, recuerdos nuevos, porque los recuerdos siempre distan de lo qué fue.
Son vientos utópicos que quieren hacerte vivir vidas que no viviste, son vientos que te invitan a la inmortalidad.
Hay quienes los han seguidos por años pero la mayoría perdió el rastro o encontraron la muerte antes que la eternidad.

Siempre andan por ahí, los vientos de esperanza, los más añorados los que siempre eligen a los chicos y se escapan de los adultos por falta de sueños.
Ellos siempre andan corriendo, despacio, por las plazas disfrutando y envidiando la inocente sonrisa de los infantes.

A veces se quedan días enteros olvidando sus tareas y más de uno perdió su mujer por entretenerse allí.

Ellos aparecen en el vaivén de las hamacas, en el infinito descenso de un tobogán y los carruseles plagados de animales.

viernes, 19 de marzo de 2010

Cinco minutos

Me gustaba verla dormir. Pasaba largos ratos despierto, cuando ella dormía junto a su cuerpo inerte.
Dejando bailar mi imaginación, especulando sus sueños. Jugando con sus quimeras.
Sin proponérmelo se convirtió en un ritual, me despertaba un ratito antes que el mundo comience a girar. Sólo para contemplarla.

Cinco minutos antes que el despertador nos devuelva a la realidad yo estaba allí. Observándola, intenso.
Prendía un cigarrillo en ayunas, acompañado de las luces del alba y de un delicioso silencio que tanto disfrutaba.
¡Como disfrutaba de aquello! Era mi ritual, mi droga, mi guarida, mi refugio.
Era mi abrigo del mundo. Los disfrutaba, como un niño la hora de jugar.

Ella ya no está. Se fue. La rutina nos destruyó y nuestro amor envejeció antes que nosotros. Nuestras cosas en común eran cada vez menos comunes y el amor que con tanta dedicación habíamos construido se demolió: lento, despacio, dolorosamente.
Y se fue. Me dejó. Nos dejamos. Y cada uno siguió, como pudo. Yo malherido sin demasiadas fuerzas, pero con algunas. Las suficientes para seguir.

La volví a ver mucho tiempo después. De casualidad. Nos cruzamos y nos miramos a los ojos. Era la única forma de reconocernos. De reconocer. A lo ojos.
Ellos siempre están iguales, inmunes al paso del tiempo. Ella había sentido el paso del tiempo, yo lo había sufrido.
Pero los ojos no. Ellos siempre están allí. En el mismo lugar. Siempre están iguales hasta el último de los parpadeos.
Es lo que nunca cambia, lo que nos mantiene siendo diferentes pero iguales.
Cuando nos miramos nos reconocimos. En ese momento aunque sabía que era ella, supe que su sonrisa tampoco había cambiado. Esa sonrisa que no podría explicar, no porque no se pueda, simplemente porque carezco de la facultad de ponerla en palabras.
Lo cierto que su sonrisa no había cambiado. La mía, la mía no lo sé.

Y nos reímos y hablamos tanto que lo olvidé. Fueron algunos minutos de pura verborragía, de presente y pasado, no había mucho futuro para discutir.

Yo nunca le había contado de esos cinco minutos, y me pareció que era una buena ocasión, quizá la última y cuando se estaba yendo la tomé del brazo y le dije. Le narré lo que hacía cada mañana, cinco minutos antes que el reloj nos ponga en alerta. Le conté porque moría de ganas de saber su reacción, quizá era para conquistarla nuevamente, aunque sabía que no era por eso.

Ella sonrió, miró el suelo en un segundo que pareció mucho más y me dijo que ya sabía.
Que ella sabía que yo la miraba y le gustaba esa situación, que también la disfrutaba.
Nos reímos nuevamente y no dijimos más nada y cuando me estaba yendo, fue ella quien me tomó del brazo y me dijo que se levantaba 15 minutos antes, y me observaba durante diez minutos. Que volvía a la cama cuando me estaba despertando.

No pude contener la emoción, ni siquiera sabia si era cierto pero no pude contener, una risotada bochinchera, que llamó la atención de los que por ahí pasaban. Podrían haber sido lágrimas de mar, pero fue una sonrisa, de esas de verdad. Esas que revelan cosas, que ponen luz donde no la hay. Que muestran el alma. Así me sentí, riendo como un niño.

Ella también rió. No hubo más brazos, los dos nos dejamos ir. Pensaba que pensaba, que sentía de ese encuentro tan extraño, pero me quedé con lo que pensaba yo, con lo que sentía yo.
Y me fui, y se fue. Y nos fuimos.-

lunes, 8 de marzo de 2010

Sueño…s

Las hojas secas de los árboles se chocaban para mantener el equilibrio y así evitar caer, para no ser pisoteadas por los transeúntes.
El silencio se rendía ante aquel sonido de los pétalos, que parecía una voz susurrando secretos.
Más abajo las hojas que habían tenido otra suerte, las de caer, junto a los pastos más altos, bailaban al ritmo del viento omnipresente, era como una postal, móvil.
No se qué estación era, pero todo indicaba otoño, o no muy lejos de él.

Me encontraba en una Terminal solitaria, el sol se había fugado con demasiada prisa para intentar seguirlo, no quedaba otra que esperara que vuelva, dicen que siempre vuelve y yo estoy seguro que lo hará. Quedaba la noche y la soledad, ésta siempre es más violenta de noche, aprovechando que nadie puede verla, se alza con toda su bestialidad, pidiendo disculpas cada mañana.

Me encontré sentado en un banco de cemento, con una maleta. Estaba disfrutando de todo los ruidos que el silencio permitía.
Me fascinaba aquel baile alocado de los pastos, era marionetas del viento, perverso, que a veces los movía con dulzura otras con total brutalidad.

Estuve sentado un tiempo tan largo, como para perder todo tipo de deducción del espacio transcurrido.
No sabia cuanto tiempo había estado sentado allí, sin preguntarme que hacía, en aquel lugar. Sólo sé que cuando partí, el sol todavía no estaba de vuelta.

Entre las tantas cosas que no sabía, estaba enfocada en esa valija. No sabía si estaba huyendo o estaba buscando. Quizá eran ambas, pero eso me desorbitaba completamente.
Quise pensar para atrás una y otra vez y me encontraba con la nada. No recordaba, era como si de pronto me despertara en aquel lugar.

Ni siquiera sabía como vestía mi rostro, era como si mi mundo naciera allí. Sentado en alguna Terminal de algún lugar que ni remotamente reconocía. Como todo lo demás, aquella me era extraña. Sin ningún pasado, lleno de incertidumbres.

Tuve miedo, pensé que se trataba de un sueño. Quizás lo sea, tampoco he podido develarlo, pero mientras esto dure, sea o no un sueño, poca importancia tiene, que sentido tendría soñar de manera conciente. Básicamente ninguno.

Sólo quería saber que estaba pasando allí y entender. Saber quien soy, de donde vengo o adonde voy, especialmente lo primero.

Comencé a caminar la cuidad, al principio despacio como una tortuga, mirando a mi alrededor hambriento de curiosidad. Luego esa paciencia se vistió de desespero. No había nadie por ningún lugar, las casas estaban vacías, no había luz, no registraba nada. Mi paciencia se desmoronaba como un castillo de arena en el mar.

Me acordé de mi valija, la abrí. Había muchas hojas en blanco, una pluma, cigarrillos y algunos discos clásicos de todos los estilos. Revolví desesperado, no había otra cosa. No dirección, no identificación. Nada.
Nada que pudiera curar tantas dudas. Aquello era una sensación de vértigo, de locura. De un surrealismo surreal.

Cuando el cansancio venció mi desespero, vi a lo lejos un tipo que caminaba en dirección oeste a mi ubicación. Lo corrí, lo alcancé. Me miró. Lo miré. Sonreí. El seguí mirando fijo sin emitir movimientos, como una fotografía.
Era una persona entrada en años, con más canas de las que pudiera contar.
Le pregunté si me conocía. Me dijo que sí.

- Quien soy. Volví a preguntar, ya con una incipiente sonrisa trazándolo todo.

- No sé. Dijo, serio como embajador.

- Y por qué acaba decirme que me conoce. Pregunte con algo de violencia.

- Porque acabo de conocerlo, igual que usted a mi.

- Qué hago acá. Estoy perdido. Mi conciencia despertó en la Terminal y no sé que hago en este lugar.

- Usted esta haciendo lo mismo que yo, y lo mismo de todos aquellos que encuentre en esta cuidad. Persiguiendo su sueño.

- Y cuál es el mío. Dije absorto.

- Cómo saberlo, todavía no descubro el mío. Me han dicho que en las valijas está la respuesta.

- Pero allí sólo hay papeles en blanco.

- Es todo lo sé. Lo siento. Dijo, sin sentirlo.

Se fue, lo vi perderse en la nada, donde mis ojos ya no podían documentar.

Sigo sin entender, sin despertar y sin concebir que sucede acá.
Sólo estas hojas en blanco, que empiezo a escribir.